La ciudad escindida, partida por el corazón en su altar de laja. Murallas de metal que se levantan por todos lados impidiendo entrar, evitando el escape de los feligreses. Muchedumbres gritando y convulsionándose, empujándose en alegres y feroces actitudes, como en un rito, alzando las manos al cielo para pedir una dádiva de plástico bajo los ardientes lengüetazos del astro rey. Las flores que no fueron salvadas son pisoteadas y lanzadas al vacío desde los carruajes con dioses zoomórficos. Diosas de oropel sacudiendo sus carnes para disfrute de los flashes y los infatigables buscadores de belleza, caminando entre el desperdicio de una guerra universal en que se supone el mal humor es vencido. Líquidos derramándose con su lacerante olor por las avenidas llenas de copas vacías del elíxir que desborda los sentidos…
El carnaval de Mérida 2013, “Mérida Mística” es sólo más de lo mismo y lo peor es que cada año que pasa se vuelve más desabrido. Y creo que la gente también ya se ha percatado de ello, puesto que este domingo que asistí, lo vi tan apagado, tan desanimado y con mucho menos gente que en años anteriores. No fue solo mi percepción sino también de gentes con las que tuve oportunidad de platicar. Es una fórmula ya obsoleta
Pero entiendo que esa misma gente no exige calidad y que no se le puede dar calidad a un espectáculo de masas. Ya que ésta lo que quiere en realidad es solo divertirse, desfogarse y olvidarse de sí misma, de su entorno y de todas sus frustraciones. Ya no busca solo contemplar los disfraces o los bailables, como quizá hicieron nuestros abuelos; (aunque ellos se pintaban de azul y lanzaban huevos podridos) solo quiere participar en el desenfreno, en el relajo, en la evasión. Y eso es algo que aprovechan los que están en el poder para seguir manipulándonos. Ya lo dice el dicho: “Al pueblo pan y circo” (y cerveza).
Pero eso no es malo (divertirse y evadirse un rato) siempre y cuando los asuntos de importancia se atiendan con responsabilidad y no se posterguen.
También hay cosas positivas en el carnaval: como los cientos de familias que salen a convivir en un día de campo en la ciudad. Eso es lo bueno que deja el carnaval, esa costumbre sana de reunirse en familia y salir a la puerta de la casa a tomar fresco mientras se ve pasar a los disfrazados, (muy escasos) reírse y platicar. Y claro está, el disfrute estético de ver a todas esas muchachas blanquísimas, castañas, con esos diminutos shorts y la ropa ceñida, pintadas, con sus pelucas de cabaret, fumando y bebiendo, niñas fresas que en el carnaval sacan a relucir lo traviesas que son y que convergen con esas morenas, bailadoras y exuberantes. Y que si uno tiene arrojo puede abordar fácilmente y quizá hasta…
Princesas mayas, vírgenes (si, ajá) para el altar del sacrificio.
El carnaval es el lugar donde se da una verdadera unión con lo divino, una hermandad que no discrimina, una religión que salva, una búsqueda de lo ideal y la verdad a través del desenfreno y el goce de los sentidos.

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